Lo llevamos al
hospital, se quedó internado un par de semanas
hasta que lo
fui a buscar
y lo acompañé a
su
guarida.
El resultado
estaba puesto
así y todo
mientras lo
llevaba en mi auto
y el sol nos
daba en la cara
remontando la
avenida Rivadavia
le dije a Dios
o al que estuviera ocupando su lugar:
“esta te la
gané, es mía, aunque la guerra sea tuya”.
Pasaron 15 días
y hubo que internarlo nuevamente.
No salió nunca
más.
La dialéctica
hospitalaria lo atrapó.
Cada vez más
flaco
más confuso.
Pasé una noche
en el hospital cuidándolo,
meaba cada 20
minutos en el papagayo
es raro ver
mear a un amigo en un papagayo
es más raro
ayudarlo a que lo haga.
Le pasaba una
gasa húmeda por la cara
y le daba de
comer en la boca.
Es raro darle de
comer en la boca al campeón ligero de todos los poetas.
A mitad de la
noche se quería ir
-estaba
intervenido por tubitos y sueros
flaco como una
momia egipcia-
y entonces el
campeón anémico de todos los poetas me decía:
“vámonos de acá
viejo, ¿qué estamos esperando?”
y lo trataba de
tranquilizar
como si yo
mismo fuera cómplice de un crimen.
Mientras
transcurría la noche
me confundió
con mucha gente
un tío torpe de
la infancia
un carnicero
famoso allá en el Boedo de la década del 60
un buscapleitos
y hasta con una
señorita anterior a casi todo
yo le decía que
era Lhooner
el mismo de
siempre
-aunque eso
sonara imposible-
y él parecía
optar por la presencia de la señorita
y yo pensaba,
bueno: una señorita que de la mano te lleve hasta el puerto de Caronte.
Y el viejo que
orinaba otra vez
y entonces
me volvía a
reconocer.
El amanecer nos
encontró sin saber bien quiénes éramos.
Solamente nos
diferenciaba esto: yo volvería a casa y él ya no.
22-5-2013